Narrative Prose

Short creative bursts.

Contents

       Don Quixote in Galicia: An apocryphal adventure of the ingenious hidalgo
       Continuous Semi-urban Route: Part I
       The Rosarium Harvest


Don Quijote en Galicia: una aventura apócrifa del ingenioso hidalgo

Tras haber sido murado el aposento de sus libros, don Quijote, tal y como es bien sabido, estuvo quince días en casa, muy sosegado. Esto es lo que se afirma, puesto que sucedió entre la primera y la segunda salida del caballero andante. Sin embargo, ¿podría haber acontecido algo más, previamente desconocido, al valeroso hidalgo durante el tiempo que se dice que transcurrió en recuperación en su aldea? ¿Cómo saberlo con certeza, cuando lo que se sabe procede de lo que ha sido archivado y transmitido? He aquí unos eventos jamás documentados por el historiador árabe Cide Hamete Benengeli, ni por otros autores que hayan hablado acerca de estas cuestiones.
       Dícese de un texto otrora olvidado y luego reencontrado en un viejo cofre en Santiago de Compostela, el cual parece haber sido escrito por un cronista cuyo nombre latinizado era Robertus Cāseāta Saltus, y el cual narra la visita de don Quijote a tierras lejanas, en un momento de su vida previo a haber convencido a Sancho Panza de que lo acompañara en sus viajes como su escudero.
       Algunos días después de haberle dicho el ama y la sobrina a don Quijote que un encantador malévolo había hecho desaparecer sus libros, el caballero no dio señas de querer salir nuevamente, mas no por ello dejó su mente de moverse por esas rutas. Cada día había algún momento en el que se sentía afligido por la pérdida de sus lecturas. Sintiéndose aturdido su espíritu, y deseando una fuente de inspiración, cada noche reflexionaba al respecto, sentado en su cama, antes de dormir. En una de estas ocasiones de meditación, don Quijote, en un espasmo de iluminación, concibió la idea de buscar un conocimiento aún más antiguo que el que se hallaba en sus libros de caballería. Fue así como decidió hacer un gran viaje con el propósito de buscar y consultar a ancianos de luenga barba que poseyesen aún herencias de la sabiduría de los antiguos druidas.
       Al llegar la madrugada, antes del alba, el caballero se preparó sigilosamente e inició su largo trayecto hacia Galicia. Sintió entonces dicha no solamente por estar una vez más en el camino, sino también por haber llegado su cogitación a semejante resolución, la cual, sin duda, llegaría a ser provechosa. Fácilmente puede conjeturarse que muchos aventureros que vivieron, conocieron y lucharon en las lejanas brumas del tiempo acudieron a los druidas para recibir consejo en tiempos de dificultad, y buscando determinar la dirección en la cual proseguir con sus hazañas.
       Habiendo llegado a las verdes tierras gallegas (después de un recorrido milagrosamente sin incidentes), don Quijote encontró un río caudaloso, el cual el autor indica que podría haber sido el Miño. Viendo un puente que pasaba sobre el torrente, el caballero dirigió a Rocinante hacia el mismo, dispuesto a cruzar hacia el otro lado. De repente, vio una figura que se acercaba cabalgando lentamente sobre el puente. El jinete terminó de cruzar y tras haber llegado a la misma ribera en la que se encontraba se detuvo frente a él, exactamente ante el primer trecho del puente, a unos dos metros de distancia. Don Quijote notó que aquel personaje no parecía tan distinto a él mismo. Estaba ataviado con una armadura; portaba lanza, espada y escudo.
       —Saludos, señor. Soy Lope de Lugo, caballero andante —dijo el hombre, lo cual fue causa de sorpresa agradable—. ¿Quién sois vos?
       —Saludos. Soy don Quijote de la Mancha, y yo también soy caballero andante —respondió orgullosamente el hidalgo—. ¡No esperaba encontrarme con otra alma dedicada a la misma misión!
       —El mundo necesita más de nosotros —dijo Lope. Don Quijote casi no creía las palabras del otro hombre, pues reflejaban su propio pensamiento.
       —¡Ciertamente! —respondió—. He venido a esta tierra en busca de un oráculo antiguo que rejuvenezca mi espíritu, para así regresar a mi misión con más fortaleza que antes.
       —¡Brillante! —dijo Lope—. Mas habéis llegado a un río torrencial, y para continuar con vuestra búsqueda deberéis pasar por este puente.
       —Así es, caballero. Ahora, os pido permitirme proseguir, pues aún queda mucho camino por recorrer.
       —Me temo que no puedo hacer eso, señor. Debéis saber que soy el guardián de este puente.
       —Veo —dijo don Quijote—. ¿Acaso no dejaréis pasar a alguien con tan noble propósito como el mío? ¿Estáis diciéndome que me impedís cruzar?
       —Así es, hidalgo —respondió Lope, lo cual asombró a don Quijote, quien en ningún momento habíase referido a su hidalguía—. Si queréis pasar, debéis luchar en una justa contra mí, y ganar el derecho a usar al puente.
       —Ah, debéis ser un cómplice del encantador que ha hecho desparecer mis libros, puesto que sabéis que soy un hidalgo, sin yo haberos conocido antes, y por eso mismo pienso que estabais esperándome aquí, para intentar derrotarme. ¡Lucharé contra vos y os venceré en batalla! ¡No detendréis mi búsqueda! —exclamó don Quijote.
       Habiendo dicho estas palabras, ambos caballeros se alejaron para tomar sus lugares; prepararon sus armas y aguardaron brevemente. La espera fue resaltada por una ventolera fugaz. Las nubes velozmente se desplazaron aquí y allá, ya oscureciendo el cielo, ya dejando pasar de nuevo los rayos del sol, mientras los contrincantes se miraban uno al otro en silencio y quietud. Entonces, cuando hubiéronse detenido las nubes, ambos apuntaron sus lanzas hacia el frente y cargaron el uno contra el otro. Iba don Quijote cabalgando valerosamente hacia su oponente cuando de repente sintió un extraño cambio en el peso de su lanza, y volviendo a ver de reojo su mano derecha se percató de que su arma ya no estaba allí, y que en su lugar estaba sosteniendo en su mano una larga rama de encino de la misma longitud que su lanza. Ya demasiado tarde para poder hacer algo al respecto, en un instante la rama colapsó contra el escudo de su enemigo, partiéndose en mil pedazos, y la lanza de Lope de Lugo arremetió contra el pecho del hidalgo, quien fue a dar al suelo, de espaldas, al tiempo que su bacía salía volando.
       Aturdido por el golpe, don Quijote abrió los ojos, viendo hacia el cielo, y notó que su visión estaba borrosa. Logró discernir que su oponente estaba allí, de pie, mirándole atentamente, pero algo estaba diferente. Algo más había cambiado. Se enjugó los ojos y parpadeó fuertemente. Tras el último parpadeo vio que el que se había presentado como Lope de Lugo, y que antes tenía una armadura similar a la suya, ahora estaba ataviado con una armadura broncínea de aspecto mucho más antiguo, de otra época, de otra procedencia. Asimismo, vio que la lanza que llevaba también era distinta, y la punta estaba cubierta en llamas. Ya no tenía un rostro, sino tres: una veía hacia el frente y los otros dos hacia la izquierda y la derecha.
       —No habéis logrado vencerme, don Quijote, ni estabais destinado a hacerlo con la misma arma que es mía por excelencia. Sabed que soy Lugus, el dios que otrora fuese conocido por los antiguos celtas como aquel que domina todas las artes. ¡La lanza es mi arma, no la tuya, caballero andante!
       —¡¿Lugus?! ¡Pero si es a los vuestros a quienes busco! —replicó don Quijote—. He venido aquí en busca de consejo, y me he encontrado con semejante entidad. ¿Acaso no podríais ayudarme, en lugar de luchar en contra mía?
       —Sois ingenuo, Alonso, si creéis que poniéndoos una armadura y blandiendo una lanza basta para ser un caballero andante.
       —Deseo recorrer el mundo y ayudar a quien lo necesite —dijo el hidalgo—. Deseo conocer lo que...
       —Primero conoceos a vos mismo —interrumpió el dios—, pues de no ser así, ¿cómo podríais ayudar a los necesitados? La lanza es poderosa, la lanza es diestra, pero ¿sois vos diestro? ¿Estáis seguro de tener la destreza necesaria? Caminad hacia aquella arboleda y capturad a una liebre no más que con vuestras manos.
       Don Quijote se levantó y empezó a caminar, y de repente una liebre salió saltando del límite de la arboleda cercana. Le pareció que el pelaje del animal era del mismo color que el cielo, con manchas blancas. Acercándose sigilosamente, intentó no alertarla, pero la criatura se asustó y se alejó algunos metros dando muchos saltos. Temiendo que la liebre se escapara del todo y se perdiera de su vista entre los árboles y arbustos, don Quijote se apresuró a seguirla hasta abalanzarse sobre ella, intentando capturarla entre sus manos. La graciosa bestiecilla dio un salto más alto que los que el caballero había visto jamás, rebotó en su cabeza y se escabulló de su alcance. Nuevamente, el caballero corrió detrás de la liebre, la cual, tras haber dado un salto que bastó para cubrir varios metros, se quedó quieta en el punto al que había llegado, viendo en dirección hacia don Quijote, casi como si estuviese burlonamente esperando a que él volviera a intentar, en vano, atraparla.
       Sintiendo que el peso de su armadura le impedía moverle con la rapidez y agilidad suficientes, don Quijote se quitó las piezas de metal y las colocó al pie de un cedro, junto con su escudo. Dispuesto a perseguir a la liebre, se abalanzó sobre ella una y otra vez, con más ligereza que antes, pero sin éxito.
       —¡Ay! ¡Si tan sólo tuviera mi lanza! Podría preparar un extremo con cueros y telas para poder capturar a esta criatura desde la distancia y sin herirla. ¡Podría hasta colocar una red! ¡Sin tan sólo tuviera mi lanza en este momento!
       —Ah, pero la destreza no está en el arma, sino en el que la empuña. Asimismo, la inteligencia no está en la herramienta, sino en quien la utiliza —replicó Lugus—. En la tierra de los ancestros del rey Arturo me llamaban Llew, y en la lengua de la Isla Esmeralda me llamaban Lug, y mi epíteto allí era Samildánach, que significa «el polímata», o, «el politécnico», pues yo soy el dios de las destrezas múltiples, el habilidoso en todas las artes, y os digo esto: quien mucho abarca, poco aprieta. Y estas palabras no son nuevas.
       Don Quijote, fatigado, se sentó sobre la verde hierba galaica, relajando su respiración mientras miraba a la liebre, quieta y apenas visible en la distancia, ignorándolo insolentemente. Sentado con ambas piernas flexionadas en cruz, el hidalgo descansó con el mentón sobre el pecho. Le pareció haberse dormido, pues se sobresaltó al percatarse de que el rostro de la criatura estaba frente al suyo a un palmo de distancia. Pero esto ha de haber sido un sueño momentáneo, pues, sin mover la cabeza, abrió los ojos y vio que la liebre en realidad no estaba allí. En lugar de ello, habiendo perdido su precaución anterior ante el caballero relajado, la criatura se había imprudentemente acercado considerablemente a él. Fue entonces cuando, con un movimiento raudo, don Quijote se impulsó sobre sus piernas cruzadas y se arrojó de frente hacia la criatura, atrapándola entre ambas manos al mismo tiempo que su pecho golpeaba el suelo. Sonriente, volvió a sentarse y celebró su victoria elevando su voz al cielo. Estando ya sentado acarició el suave pelaje de la liebre, la cual no dio señal alguna de temor.
       A continuación oyó a Lugus aplaudiendo pausadamente, felicitándole. Volvió la mirada hacia la deidad, volvió a ver nuevamente hacia la liebre y se dio cuenta de que la criatura había desaparecido, habiendo sido reemplazada por una hogaza de pan, la cual devoró, hambriento. Poco después, vio que la liebre había reaparecido en el horizonte y que estaba mirando en dirección suya una vez más. Don Quijote la observó detenidamente, meditabundo, mientras acababa con el mendrugo. La pequeña criatura comenzó a aumentar de tamaño, al principio lentamente. De repente, creció aceleradamente, se tornó de color castaño y en lugar de orejas aparecieron protuberancias en su cabeza. Don Quijote se creyó una vez más víctima de los ardides del hechicero enemigo, o quizá era Lugus quien lo ponía a prueba una vez más. En todo caso, ahora era un toro enorme el que lo veía directamente. Exhalando vapor por las fosas nasales, la brutal bestia empezó a correr furiosamente hacia él. Espantado, el hidalgo volvió rápidamente a ver hacia el árbol cercano bajo el cual había dejado su armadura y su escudo, con la idea de apresurarse a obtener defensas, pero notó que sus pertenencias habían desaparecido.
       —¡Ay! ¡Si tan solo tuviera mi armadura puesta! ¡Si al menos tuviera mi escudo para defenderme, o mi lanza para recibir la embestida! —, se lamentó el caballero y echó a correr.
       —Pero la fortaleza ha de estar en el guerrero antes que en el metal que lo protege —respondió Lugus, siguiéndole a su lado y con las piernas cruzadas, hablándole con una de sus caras laterales—. Si no, ¿cómo haría el caballero para cargar con el peso de su armadura, su escudo y sus armas durante el arduo camino de sus hazañas y durante sus proezas en batalla? El metal es fuerte, pero fuerte debe ser también quien lo usa, o de lo contrario cae bajo el peso de su propia panoplia. Además, ¿habríais logrado moveros tan rápidamente para atrapar a la liebre si todavía hubieseis tenido puesta tu armadura? Quien mucho abarca poco aprieta. Os lo dice Lugus, el de las destrezas múltiples, el habilidoso en todas las artes.
       Don Quijote, desprovisto de sus pertenencias y lejos de su caballo, siguió corriendo, pero sus piernas pesaban como si fueran de piedra. Volvió a ver sobre su hombro y viendo los cuernos a punto de alcanzarle, gritó. Empapado en sudor, pasó bruscamente de estar acostado a estar sentado en su cama. Aliviado, sintió como si hubiese escapado a su destrucción por muy poco. ¿Habría sido el hechicero el responsable de aquellos eventos en su sueño? Cualquiera que fuera el caso, la suerte estaba echada. Sabía que pronto regresaría a sus andanzas. Unos días después, don Quijote persuadió a un labrador vecino suyo, llamado Sancho Panza, de que saliera con él y que le sirviera como su fiel escudero.


Continuous Semi-urban Route: Part I

I am facing west, sitting in a chair that has its back to a wall. In front of me there is a wooden desk on which there are a glowing lamp and some books. About two metres away, in front of the desk, there is a fireplace that is lit. Another two metres to my left there is a tall window that looks out into a small, square, open-air garden with a flower bed at the centre and a short column emerging from the middle of it, completely covered in leaves. I stand up, walk three metres to my right, open a wooden door and go out of the room and into a corridor.
       The corridor extends about three metres to my left before turning to the right, and about five metres to my right, were it then turns a corner to go southward. I briefly walk left in order to peek at the northward corridor. There are three windows on the left wall and, after five metres, at the far end, there is a wooden door with a small glass panel.
       Next, I retrace my steps and go eastward. There is another door halfway on the left wall, identical to the one that leads to my studio, and at the end of the corridor there is a window that has potted plants on the sill and an armchair next to it, facing south. I approach the window, turn right and continue walking southward.
       This segment has another two windows on the wall that is now to my left, all of which look out into many trees. After another five metres there is a door at the southern end. I open it and enter a medium-sized square room with no windows and standing lamps in the corners. At the centre there is a neo-classical marble statue of a figure with the right hand raised above the head and holding a scroll, standing atop a marble cube, which is itself set on a small dais. On the eastern and southern walls hang large paintings and there is a small couch below each of them. At the western wall of this room, there is a medium-sized double door.
       Past the double door I go into a large hall. There is a medium-sized staircase to my right, with each newel post extending upward and ending in an orb: they are also purposed as standing lamps. The staircase begins a bit beyond the centre of the hall, going northward and ending at a mid-height landing that faces a wide and very tall window that stretches up to the second floor level. This window, as I know, looks out into the same small garden outside my studio. Another flight of stairs then goes left and I can see the balustrades flowing to the open corridor on the second floor where there are two doors.
       About ten metres in front of me, on the ground level, there are also two doors on the western wall, separated by a large painting, below which there is a stand holding a large vase with a plant. Finally, about five metres to my left, on the southern wall, there is a large double door, three metres wide and almost as high, through which I exit.
       I am in a large, open-air atrium now. With the main double door behind me, I am standing on one of the four open corridors that form a square with walls ten metres long — except one the southern side, which has an opening at its southwestern end —, with a column at each corner. In front of me, after the floor goes two stone steps down, there is an ample square of grass with a low circular stone wall at the centre, which surrounds a bed of assorted flowers and small bushes. Narrow stone paths go from the middle of each second step to the circle.
       At the middle of the the atrium's eastern wall there is another medium-sized double door, which I know leads into the library. It is also wooden, like all the doors and furniture around here, made from the area's abundant and pleasantly-scented timber. The western wall has a single door at the middle, with a long and narrow vertical window on each side, almost reaching the floor. The southern wall opposite me has three windows on it, larger than average. The opening on it is a bit less than two metres wide and it is visible that there is another passageway that continues further south.
       As I approach said opening I am able to see through the windows adjacent to it, glimpsing the furniture at the other side. I reach the opening and look to my left, where there is a lounge. This space between the atrium's wall and the opposite wall — parallel to which there is a serving bar, furnished with supplies galore, that reaches the far end — is four metres wide and six metres long. Out of that width, the two metres closest to me allow entrance via a threshold with an arched lintel; the two remaining metres are walled. There are two doors at the lounge's southern end: toilet rooms. Aligned to each window there is a circular wooden table. There are wooden chairs around and between the tables.
       Next, I resume walking and continue along the southward corridor, whose length covers the width of the lounge. It has a roof composed of glass panels, through which the late afternoon light comes in, barely obstructed. Below and to my right there is a narrow rectangle, carved into the corridor's floor and filled with gravel. On the gravel there is a long line of small potted plants. I reach the end, where there is a medium-sized, ornate, metallic double gate with convoluted plant-like patterns spreading across the rods.
       I go through the gate and get to an alley that stretches five metres wide in front of me. I look to my right and see a curvature toward the south, approximately ten metres away from me. There are three windows on the wall that extends on this side of the alley and to my right, before the curve; they all have flowers hanging from their sills. Then the curve is followed on its western side by a solid wall as tall as the alley is wide. Beautiful tree-tops loom from the other side. What lies beyond the curve cannot be discerned from where I am, although I know that about another seven metres south from over there I would find other accomodations, not too different from the ones I just traversed.
       In front of me, across the alley, there is a row of awnings over a series of serving counters and their respective stools. There are are a couple of openings of varying width between some of the counters — more southward passageways. One of those openings has an arched lintel, very similar to the lounge's threshold. It is the entrance to another roofed passageway, two metres wide. As I start crossing the alley I look to my left, where less than ten meters away the alley ends in a large metallic double gate, three metres wide and maybe four metres tall at the highest point of its curved top; there are massive gateposts at each side. This gate is almost as intricately decorated as the one behind me. I can see a wide trail going into a grove beyond it.
       I continue walking forward and enter the corridor. This one's roof has glass panels at regular intervals. A couple of metres after I go in, I see doorless entrances at each sides, allowing access to the small kitchens installed along short walls that located opposite to the serving counters. Then the corridor continues for another eight metres. Halfway before the end of the right wall, there is a double door with glass panels that goes into a shop, and a couple of metres before the end of the left wall there is another doorless entrance. Next, I reach a roofless circle with a diameter of three meters, where the corridor bifurcates diagonally to the southeast and to the southwest, each segment with their respective interspersed glass roof panels. At the centre of the circle there is a small stone fountain, where the water flows from a pitcher carried by a figure — another neo-classical sculpture.
       If I took the corridor to my left, which is ten metres long, I know I would reach a side exit into the grove. I peek that way and see another double door with glass panels on the left wall, allowing access to a small restaurant halfway before the exit. Also, a couple of metres before the exit, there are two single doors close to each other: another set of toilet rooms. At the far end there is a single metal gate, but this one is small, the same size as regular door, and I can see the light shining through in between its thin rods. Most of the wall segment between the toilet rooms and the fountain is covered in three parallel rows of vertical topiary.
       I observe the fountain again as I skirt it in order to have a look at the other forking path. I know that if I were to proceed through it, the door at the end would take me into the previously mentioned accomodations that are located beyond the alley's curve. I would open that door and find myself in a medium-sized, triangle-shaped room, where I know there are some armchairs against one of the walls, a large painting on another, with a stand holding a potted plant beneath it, and a medium-sized double door on the third wall, going into a large hall. Very much like in the other corridor, there is a double door with glass panels halfway on the left wall; here is also a shop. On the right wall I see two of those doorless entrances that lead to kitchens, separated by more vertical topiary.
       Finally, I go all the way back to the threshold and return to the alley. I look to my right and stare at the large double gate. A gentle breeze travels eastward along the alley, slightly moving the tree-tops beyond the curve, bringing an aroma of conifers and flowing through the thick metal bars, toward the grove. I walk to the gate, grab the circular handles and pull both halves until I make enough space to pass. I step out, close the gate and then face the trees, contemplating. I am now at the beginning of the wide trail, which gradually becomes narrower for the next two or three metres, along which the trees are still small and sparse.
       I continue walking further into the grove and after what feels like about twenty metres I stop and look slightly to the left, toward the northeast from where I am standing, and glimpse the top of a tower, which I know is linked to my accommodation premises. It is not too far away.
       This grove is a sort of corridor itself; it is much longer than it is wide. Part of its northern limit roughly coincides with the tower and the tall wall that goes from west to east, connecting the tower and the lodgings proper. I look to my right and notice the log fence that marks the southern edge, less than ten metres away from me. The grove never gets too dense; it is always possible to walk in any direction without significant obstacles, and there is always enough light coming in through the arboreal canopy, in some areas more, in others less.
       I turn right, leaving the trail, and walk in that direction until I am in front of the log fence, which reaches my chest. It is only about one metre after the fence that the grass stops growing and the ground abruptly starts going downward. I can hear the faint sound of a waterfall I cannot see. I do partially see a river at the bottom of the cliff, and then another cliff at the other side of the river, climbing up at what must approximate two hundred metres away from where I stand now. On top of that other cliff I see a dense forest spreading east and west, with tall trees, similar to the ones that are found in some areas of the grove, but much more numerous and some considerably taller. I do not know where that forest ends and I can see little more of the river below, other than it flows westward. I do know that if I walked back in that direction while staying next to the fence, after about fifteen metres the latter would turn south and then west again, forming a curve that leads to the small metal gate at the southeast corner of the kitchens and shops building. From there on, there is a narrow path that continues following the southern edge of the premises and reaching other areas beyond.
       I turn on my heels and return to the grove trail, looking upward as I do, looking at the leaves softly moving in the wind and forming a mosaic of light. Once back on the trail I continue walking eastward and I traverse a distance that feels more than before. Many of the trees here are tall, up to thirty metres, with thick trunks. I reach a point where I can see a well on the trail at less than ten metres ahead, where the southern fence is now barely three metres away to my right, and where a man appears at the same distance but in front of me, having dashed from behind a tree. He is wearing a short cape and wielding a walking cane that I soon find conceals a blade.


The Rosarium Harvest

Atop the summit of a tall hill, six druids form a circle around a gigantic and luxuriant tree, which barely begins to blossom at this time of year. It stands majestically, its roots slithering out of the ground and in again, partially exposed where the steep and smooth slopes' descent starts. Each druid is located at the same distance from the others, with the head turned upward.
       The participants chant with vigorous and warm voices that vibrate together as they collectively reach the numerous leaves. They intone ancient words that hold the keys of fruitful progression. This firm and gentle chorus deeply touches the plant's very soul, which then harmonizes concordantly while it receives the message, to then continue resonating through spring.
       The rose-tinged sky of early dusk colours rubicund hillsides when the druids commence the ritual; darkness surrounds them and the starlit sky shines by the time they finish uttering the last words. In due time, a circle of gathering will meet around the hill and reap what the druidic lore has sown. The druids know this, as do the surrounding villages. What remains now is to wait.
       Late summer, birds fly around the treetop and perch on the branches to peck some fruits. Should they look toward the grass, they would see many villagers carrying baskets of different sizes, flocking together in the company of dogs and later forming a ring at the foot of the hill. They all go to the fruit gathering.
       On the eastern slope there is a long series of narrow stone steps, which reaches the hilltop after about two hundred cubits. The six druids climb until they are in front of the tree once again, but on this occasion they get much closer. They extend their arms to touch the rugged bark with open hands. Then they begin their chant.
       Meanwhile, the rest of the villagers below are suddenly able to hear them almost as if they were near them, as if the tree were echoing the music and magnifying the voices, partaking in the chorus. Next, several bards scattered along the foot of the hill, some sitting at the start of the inclines, begin to accompany the druidic plainchant with mellow bagpipes, some of them bass and some high.
       Now there are more than a hundred villagers, who were waiting, and many of them also join the melody, humming. In another instant, they are able to see a growing flutter of green, brilliant in the sunlight, and the tree's branches vibrate visibly. The birds scatter and a moment later there is a rain of innumerable fruits falling on the hillsides, the vast majority rolling downward and accumulating at the base. Should someone watch from bird's-eye view, they would now see two concentric rings: one of people and another of fruit.
       The druids stop chanting and descend, joining the multitude. Everyone is now picking the various fruits from the ground: apples, pears, plums and cherries, all robust and well. Before the morning ends, the people will carry their fruit baskets back to their villages, where they will eat them fresh, use them as ingredients in the baking of pies, as well as dry them for commerce, travel and storage. The birds will eat the fruits that remain on the slopes. Before the day ends, everyone will taste this year's harvest from the local rosarium.